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EL CASTILLO MEDIEVAL
Nos acercamos al vocablo "castillo" siguiendo el diccionario que, en el de María Moliner, recoge como primera acepción de esta voz, lo siguiente: "(derivado del latín "castéllum", diminutivo de "castrum"...) Edificio o conjunto de edificios, fortificados para la guerra, con murallas, fosos, etc."
Krak es el tipo de recinto fortificado que se extendió por todo el territorio de Siria durante las cruzadas, allá por los siglos XII y XIII. Se consideraba como el modelo más perfecto de arquitectura militar medieval, teniendo el conocido krak de los caballeros (varias veces citado a lo largo de este trabajo) la consideración de castillo ideal.
Mora-Figueroa, en su "Glosario de arquitectura defensiva medieval", lo define así: "Edificio de regulares proporciones, exento, en cuya disposición predomina la seguridad sobre la mera habitabilidad, presentando profusión de elementos defensivos, tanto activos como pasivos, que acogen la vida doméstica no estrictamente castrense."
Según Jiménez Esteban los castillos medievales en la actualidad "desgraciadamente, y por lo general... aquellas ruinas encumbradas que nos ofrecen una visión parcial de lo que era una fortaleza de la Edad Media, debido a su mal estado de conservación. Son esas edificaciones de arquitectura militar, comprendidas entre los siglos VIII-XVI y que van a constar de un recinto fortificado con una o más torres donde alojarse el alcaide y la tropa, y cuya labor primordial era la de vigilar y ser punto fortificado para defender bien una población, un paso de comunicación, una frontera o, por último, acercándonos a su última etapa, ser palacio residencia de los señores nobiliarios".
Para Eslava Galán un castillo medieval (cristiano o europeo) consiste en la existencia de una gran torre del homenaje y la de un recinto murado que encierra los edificios y dependencias del castillo y deja un espacio despejado o patio de armas.
Al tratar esta parte vamos a seguir casi literalmente a los citados autores (Jiménez Esteban y Mora-Figueroa), por considerarlos autoridades en esta materia y tener presente el gran valor didáctico de las obras que de ellos hemos seguido.
La larga lucha de la Reconquista, desde el año 711 al 1492, dotan a toda la Península de una enorme cantidad de fortificaciones militares, cuya finalidad, al menos en origen, se entendió como la única forma de mantenerse en el terreno conquistado y frecuentemente hostil.
Si tenemos en cuenta las consideraciones que hace el tratadista Jiménez Esteban, para que un castillo tenga consideración de tal debe de contar, al menos, con los siguientes elementos: un recinto generalmente rectangular o que se adapta al terreno; una torre principal habitable; un patio de armas, con una serie de dependencias en torno suyo que puede llegar a las complejidades arquitectónicas de un castillo-palacio, con un foso, barrera, torre del homenaje, patio y torres de flanqueo, etc. Esto es válido si hablamos del castillo cristiano, ya que el musulmán prescinde de la torre del homenaje y llega, en las alcazabas, a formar una verdadera ciudadela, con muchas torres, diferentes niveles y complejidad de puertas y estructuras. Y dicho autor continua diciendo: muchas torres norteñas se asemejan a un castillo por sus grandes dimensiones, e incluso tienen una cerca, pero les falta patio y dependencias anejas.
No obstante lo antedicho, según Eslava Galán, existe un caso en nuestra provincia de un castillo musulmán con torre del homenaje. Se trata del de Navas de Tolosa cuya construcción se data entre los siglos VIII y IX.
Mora-Figueroa al tratar de los permisos gubernativos para la construcción de castillos, derecho reservado en casi toda Europa a la Corona, nos da un detalle de interés en el caso de Inglaterra, donde desde 1143 a 1533 la Corona otorga patente de almenaje.
No deja de llamar la atención esta enfatización de aludir de forma expresa al almenaje, sinécdoque de adarve merlonado, que es el sistema poliorcético principal de la Edad Media y por tanto distintivo claro de una fortaleza frente a otras construcciones en las que aparecen otros elementos defensivos tales como foso, aspilleras, etc., como puede ser el caso de las llamadas casas-fuertes.
Vamos a tratar en las páginas que siguen de conocer, o al menos acercarnos, las diferentes etapas evolutivas de los castillos, su uso, función, elementos, tipologías, etcétera.
Es importante no olvidar que el castillo hispánico es prioritariamente un castillo defensivo, que poco o nada tiene que ver con los centroeuropeos donde prima la función palacial. Los hispanos, salvo excepciones, son más pequeños, lo suficiente para albergar una guarnición y, en todo caso, con alguna habitación más noble y amplia para el alcaide. Las torres de nuestros castillos casi nunca se ven cubiertas por tejados. En los nuestros escasean los detalles decorativos arquitectónicos, raramente enfoscados y generalmente con la piedra o el ladrillo visto; aquí los fosos son secos y carecen de edificaciones civiles adosadas. En cualquier caso es increíble la diversidad existente pues ya sea por la fecha de construcción, por la forma, tamaño, material constructivo, topografía, etc. hay una enorme cantidad de ellos. Miles, y sin embargo no hay dos iguales. Por cualquiera de las causas enumeradas, por otras, o por la combinación de dos o más de ellas, no se ha podido constatar ni un sólo caso de igualdad entre ellos, aunque sí parecidos.
Los castillos medievales se han ido abandonando o adaptando según las necesidades de la guerra. En Europa, por distintas circunstancias, los castillos han continuado habitados hasta la actualidad, lo que los ha ido transformando y adaptando a sus nuevas funciones y a los nuevos usos de la guerra.
En España podemos sentirnos orgullosos de un castillo del siglo IX (Gormaz, en Soria), intacto, ya que éste fue abandonado cuando perdió su importancia estratégica y se deja así hasta nuestros días. Otros se encuentran con pocas adaptaciones o reformas ya que fueron abandonados conservando su aspecto originario, básicamente por trasladarse sus moradores a otro lugar más cómodo. En nuestro caso, la fortaleza de la Peña de Martos, abandonada por la de la Villa, conserva su aspecto del siglo XIII y XIV, ya que, pese a la insistencia de los visitadores calatravos, no se renueva y los comendadores pasarán a residir en la fortaleza de la Villa. Cierto es que lo que resta de aquella fortaleza de la Peña son sólo ruinas, pero ruinas ejemplares y auténticas de la época medieval.
Pero las fortificaciones medievales tienen sus raíces en tiempos mucho más remotos. Diestros en poliorcética ya fueron egipcios, mesopotámicos, persas y asirios. Los romanos alcanzaron verdadera maestría en este arte. Bizancio, heredero del imperio romano, gracias a sus defensas sobrevivió a las invasiones bárbaras, fortificaciones que crecieron y se ampliaron constantemente a lo largo de siglos hasta su definitiva conquista por los turcos en 1453. Los árabes resultaron ser muy buenos alumnos en poliorcética, así no sólo recibieron los conocimientos de civilizaciones precedentes sino que desarrollaron y ampliaron enormemente este arte de fortificar y defender.
Las primeras obras de fortificación medieval serían bastante rudimentarias, fundamentalmente de tierra apisonada y madera. Después vendría el uso de otros materiales y sobre todos el predilecto, la piedra.
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