Lo
generalizado y normal es que las construcciones de castillos fueran
anónimas. Tras el primer paso, que era localizar un buen emplazamiento,
que habitualmente era un lugar ya habitado por anteriores pueblos. (Prueba
de ello tenemos en Fuensanta de Martos, donde se aprecian claramente
restos de fortificaciones anteriores, posiblemente ibéricas, reaprovechadas
en las construcciones medievales e incorporadas al sistema defensivo
diseñado por los calatravos.)
Otro caso es el del cerro del Castellón (Valdepeñas de Jaén), en cuyo
lugar parece ser que estuvo la fortaleza medieval de Susana
o Susaña y donde se recogen, con facilidad
asombrosa, restos de cerámica árabe, medieval cristiana y argárica.
La fortaleza
de la Peña fue un punto defensivo utilizado
por civilizaciones anteriores. En La
Mota (Alcalá la Real) se encuentran
incluso sillares romanos entre los lienzos de sus murallas.
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APAREJOS
ROMANOS
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La
siguiente etapa debía consistir en el trazado de planos de acuerdo
con la topografía, sacando el máximo partido. Cualquiera de nuestros
castillos es un claro ejemplo de esto, aunque quizás el que más nos
ha llamado la atención sea el de Torre
Víboras.
Luego vendría el labrado de sillares
o sillarejos
en una cantera próxima. Se fraguaba la cal y se iniciaba la construcción.
Pocas veces hay cimientos, pues lo general es que el castillo se apoye
en la roca o en el suelo directamente.
En las construcciones castrales, aunque no solamente en ellas, se
observan en las piedras marcas o signos que nos parecen misteriosos.
Generalmente son marcas dejadas por los obreros (que podemos llamar
marcas de identidad) que trabajaban a destajo, lo que nos permite
conocer el número de obreros que trabajaron en una determinada construcción.
Los canteros solían también poner en cada piedra unas marcas por las
que se identificaba su cuadrilla u otras (marcas utilitarias) para
determinar la posición de la piedra y situar las junturas del armazón,
siendo pagadas según el número de sillares labrados o colocados, según
el caso. Ambas marcas (de identidad y utilitarias) fueron realizadas
por quienes trabajaron la piedra y la construcción, pero también nos
encontramos con marcas debidas a peregrinos, turistas, presos... unas
de notable antigüedad y otras bastante actuales (nosotros las hemos
encontrado de anteayer, de principios de siglo, del siglo pasado...)
y que son los actuales grafitis.
Podemos
ver estas marcas de identidad y/o utilitarias en muchos castillos
y arcos de muralla allí donde la piedra ha sido bien labrada. Las
encontramos, perfectamente apreciables, en varios lugares de la fortaleza
de Alcalá la Real.
En
épocas más modernas (siglos XV y XVI) sí se tiene constancia de algunos
de sus constructores, arquitectos, alarifes y de las personas que
los mandaron construir. A partir del siglo XVI los libros de los "visitadores"
de las Órdenes Militares van recogiendo datos sobre las obras que
han de realizarse, o se han hecho, constituyendo una fuente documental
única, ya sea sobre los constructores como sobre el estado de conservación
de muchos de ellos. Así nos consta el en interés que manifestaron
por la conservación de la fortaleza de la Peña de Martos, interés
que fue correspondido con la máxima desidia por parte de los comendadores.
Aunque los cristianos peninsulares hasta el siglo XIII o XIV no hacen
referencia a los constructores o sobre quién los manda edificar, los
musulmanes sí que se preocuparon de ello, indicándonos mediante lápidas
en qué fecha se levantó el castillo y por orden de quién se llevó
a efecto. En nuestra provincia hay una joya de la arquitectura medieval
de la que se encontró lápida. Nos referimos al castillo de Baños de
la Encina, y cuya lápida reza así:
"En
el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, mandó construir
este castillo el siervo de Dios Al-Hakam II Al-mustansir Bi-Allahi,
príncipe de los creyentes, cuya vida Dios guarde, bajo la dirección
de su servidor y caid Mayssur ben A-Hakam. Se terminó con el auxilio
de Dios y con su ayuda. Eso fue en la luna del Ramadán del año 357"
(corresponde al año 968 de la era cristiana).

Por
mencionar otro caso de la provincia y además por parte cristiana,
cabe reseñar Porcuna, donde una lápida en el castillo tiene el siguiente
texto: "Esta obra mandó fazer Luis de Guzman maestre de la orden
de Calatrava y señor de este lugar, año de MCCCCXXII".
Decía Valeriano del Castillo Benavides en un artículo publicado en
1959, que tenía referencia oral de la existencia de una atalaya en
la Peña del Yeso, de la que no existían restos. Restos apreciables
desde luego que no, por lo que llevaba razón. Sin embargo, frente
a la Peña, hay otro cerro cuyo topónimo es el "cerro de la Escucha"
y los vestigios hallados nos conducen a corroborar la tradición oral.
Pero ahora no tratábamos de esto sino de sus constructores o de quienes
mandaron levantar las fortificaciones, por lo que, respecto a esta
atalaya podemos comentar que Rodrigo Alonso de Aranda, regidor e hijo
de Gonzalo Fernández de Aranda, tuvo moros cautivos con el concurso
de los cuales edificó dos atalayas, una sobre la Peña del Yeso (como
s e ha dicho es en la llamado "cerro de la Escucha), de mampuesto
y otra, mayor, de piedra cortada y labrada que es la que está más
cercana de las ventas del dicho camino. Siendo, por tanto, las únicas
que por ahora sabemos a quién se deben.
La puerta de las Lanzas, en la fortaleza de la Mota, cuenta con una
inscripción hoy ilegible. El padre Flórez da noticia de una inscripción
sobre esa puerta de tiempos de Enrique IV que no es, seguramente,
la que hoy permanece aunque de forma ilegible.
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